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LA PERIFERIA

por Carlos L. Rodriguez Zía
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La periferia, según el diccionario, es “el espacio que rodea un núcleo central”. Con la sabia precisión de un jesuita, la persona antes conocida como el Padre Jorge nos invitaba a salir de nuestro núcleo – nuestro yo- y mirar hacia afuera

Cuando hace cuatro años, un hombre de unos setenta y pico de años se paro en uno de los balcones más famosos de la historia y, con un tono tranquilo, dijo que sus colegas lo habían ido a buscar al fin del mundo; una palabra brillo en nuestro vocabulario: Periferia.

La periferia, según el diccionario, es “el espacio que rodea un núcleo central”. Con la sabia precisión de un jesuita, la persona antes conocida como el Padre Jorge nos invitaba a salir de nuestro núcleo – nuestro yo- y mirar hacia afuera. Con el entusiasmo desbocado y poco consciente que tuvo el apóstol Pedro cuando Jesús le preguntó si le sería siempre fiel y él juró y juró que sí –como todos sabemos luego lo negaría tres veces- nos largamos a hablar de La Periferia y de cómo trabajar para llegar a ella.

Pero parafraseando a Charly García, para ir a La Periferia no es necesario viajar en tren o en avión. Nos dimos cuenta que ese lugar no estaba tan lejos. En muchas situaciones está delante de nuestras narices. Fue ahí, entonces, que un detalle de la invitación del papa Francisco se mostró ante nosotros: a veces resulta cómodo, una ideal zona de confort, pensar que La Periferia queda bien en la periferia. Digámoslo en cristiano: es útil que quede bien lejos. Por ejemplo, en el conurbano profundo de la provincia de Buenos Aires. Porque esa situación, aunque cueste reconocerlo, nos evita el contacto físico, el ver al otro cara a cara, mirarlo a los ojos.

Al respecto, reparemos en otro detalle. En la gran diferencia que hay en la respuesta que se da cuando se pide colaborar donando ropa o comida, o se invita a participar en alguna actividad –el pesebre navideño, por ejemplo- que tendrá lugar en la zona carenciada del barrio donde vivimos. En el primer caso, el párroco agradecerá al final de la misa la generosa colaboración recibida. En el segundo, les dará las gracias, en el atrio, en privado, a un puñado de agentes pastorales. Llamémosla la tentación del mando a distancia. Acerco mi ayuda a la parroquia y listo. Ayudo a esa persona que el medio o los medios de comunicación me muestran como el necesitado desde siempre y para siempre.

¿Y si la periferia está a mi lado? ¿Y si el necesitado es mi prójimo más cercano? ¿Quizás un compañero en la actividad parroquial? ¿Cómo respondo? ¿Cómo me impacta que el necesitado sea el que veo en misa, domingo tras domingo y no en la múltiples pantallas que me rodean?

Cuenta La Biblia que “todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno (Hecho de Los Apóstoles, capítulo 2, 44-45)”. Quizás un poco en eso pensaba el Papa cuando nos alentaba –nos alienta- a ir a la periferia. Que las comunidades cristianas (parroquiales) real y profundamente vivan en comunidad. Que la ayuda, la contención, no sólo sea para el anónimo que está afuera de mi círculo sino para el que con nombre y apellido está dentro de él.

Por último, y escrito lo escrito, una confesión: No estoy en condiciones de arrojar la primera piedra.

 

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1 comentario

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Pablo marzo 21, 2017 - 1:39 pm

es verdad,muchas veces no quedamos con la buena accion del dia, pero , no profundisamos, no acompañamos, no contenemos al que lo necesita, es la mejor forma de lavarse las manos y quedar bien parado. Yo tambien no arrojo la primera piedra

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