«Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz»
Escuche la homilia completa del P. Carlos Padilla
Hoy el apóstol me manda que esté alegre: «Gaudete». Escucho la palabra de Dios: «Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios». El domingo de la alegría viene como un rayo de luz y esperanza en medio del adviento. Viene como un torrente de vida para llenar mi alma. Quiero estar siempre alegre. Pero no siempre lo estoy. ¿Cuál es la causa principal de mi alegría? ¿Estoy de verdad siempre alegre? ¿Es eso posible? Muchas veces me turbo. No suceden las cosas como esperaba y me lleno de ira. Siento que soy débil y caigo en mi deseo por cumplir tantos propósitos, y me lleno de pena. Siento que no avanzo y me desanimo. O llega la cruz a mi vida en forma de ausencia, de enfermedad, de pérdida. Y el corazón no está alegre. La tristeza es muy honda. ¿Cómo puedo estar alegre en medio de la cruz? ¿Cómo puedo sonreír cuando vivo una desgracia? Me cuesta ese imperativo de la alegría. Esa alegría impuesta. Esa gratitud que se espera de mí. ¿Tengo que estar siempre agradecido? ¡Me cuesta tanto sonreír en medio de la noche! Me comparo con aquellos a los que le va mejor que a mí. No sufren, no tienen pérdidas, no están enfermos. Yo sí. Y me duele. En otras ocasiones surge en mí la tristeza sin motivo aparente. Los pensamientos me turban. O los comentarios que otros me hacen y me dañan. Tocan mi herida en lo más hondo. Una broma, una crítica, una ofensa. Pierdo la alegría, dejo de sonreír. Me lleno de rabia y rencor. ¿Cómo puedo cambiar mi alma? ¡Qué lejos estoy del ideal que hoy anhelo! Estar siempre alegre en el Señor. Pienso en el Cristo sonriente que me mira en el castillo de Javier. Es un Jesús que sonríe desde la cruz. ¿Cómo es posible sonreír muriendo? ¿No será sólo un rictus de dolor, o un gesto involuntario? El artista quiso dibujar a un Cristo afable, sonriente, amable, enamorado. Jesús me mira así en mi propia cruz, desde su cruz. Quiero mirar siempre a Jesús que me sonríe. Me mira. Me da su paz. Desde abajo veo su sonrisa que me sostiene. Tienen algo especial las personas alegres. Las de carcajadas anchas. Las de sonrisas afables. Las de palabras alegres. Las de silencios tiernos. Las que hacen bromas y se ríen con las bromas. Las que no se dejan llevar por el desánimo y ven el vaso medio lleno estando medio vacío. Me gusta su manera de enfrentar los problemas. No dicen que no existen. Los asumen. Porque sí que existen. Y sí que duelen. Pero no se hunden. Caminan confiados. Tal vez su alegría esté de verdad en el Señor y no en la fugacidad de los deseos que quieren ser satisfechos. El otro día leía unas palabras de Jesús Mora López-Almodóvar en su blog: «Tengo esclerosis múltiple. Soy un hombre afortunado. La asociación de estos dos términos puede parecer un disparate y así, sin más, efectivamente lo es. Tener esclerosis múltiple no es ninguna bendición, tampoco una maldición, es un suceso, sin más, de la propia naturaleza humana. Nadie hace nada para merecérselo, ni tampoco para no merecérselo, también hay que decirlo. (…) Yo no sería quien hoy soy sin la esclerosis múltiple No puedo entenderme sin ella. Ella y yo somos uno. Quizás sería más adecuado decir ‘ella soy yo’. Recuerdo en este momento la frase de Ortega y Gasset: ‘Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo’, la esclerosis múltiple es una parte esencial de mi circunstancia, esa otra mitad de mi persona que para Ortega representa la realidad circundante. Este yo está formado por lo físico y por lo espiritual, y también por las personas que me rodean, me hacen y por el mapa de relaciones que establezco con ellas. Todo eso, no solo el yo que es llamado Jesús Mora, se encuentra afectado por la esclerosis, y es todo eso lo que debo salvar para salvarme yo». No puedo cambiar las circunstancias casi nunca. No puedo cerrar los ojos, ni rebelarme contra un mundo injusto. No quiero amargarme cuando las cosas no son como deseo. Quiero salvar mis circunstancias para salvarme. Quiero mirar a Dios en mi camino. Y pedirle la bendición de su alegría. (https://mirrorspectator.com/) Tal vez por eso hoy vuelvo a desear estar alegre siempre. En la turbación y en el éxito. En la soledad y en el amor que recibo. En los fracasos y en los momentos de descanso.
Me gusta pensar que la alegría es un medio esencial para ser santo.
Decía el P. Kentenich meditando sobre el imperativo de este domingo: «La alegría, la perfecta alegría de vivir, debe comprenderse como un elemento central de nuestra vida religiosa; pero también como un medio esencial para alcanzar la santidad»6. Dios necesita santos alegres. Que con su alegría testimonien el amor de Dios. Una alegría contagiosa. Una alegría que cambie mi forma de vivir, de hacer las cosas. Una alegría que es un don de Dios. El otro día una persona trataba de recordar: «La verdad, no consigo recordar cuándo fue la última vez que me enfadé por algo o con alguien». Me conmovió. Me gustaría tener esa falta de memoria. O mejor dicho, me gustaría estar siempre alegre y no enfadarme por las tonterías de la vida. Y vivir siempre con paz agradeciendo por todo lo que Dios me regala. Dos no se enfadan si uno de los dos no quiere. A veces no valoro todo lo que tengo. ¿Cómo puedo estar triste cuando Dios viene a verme, baja a mi vida, me sostiene y me recuerda que me quiere? Lo olvido. Sé que estoy alegre cuando me sé querido por personas concretas. Su amor me eleva, me sana por dentro, le da sentido a mi vida. Y en ese amor imperfecto y pobre se esconde el amor inmenso de Dios. Es verdad, el amor me da alegría. El rechazo de los hombres me quita la paz. Su odio, su indiferencia, su rabia, sus críticas y juicios. Todo eso me entristece. Saberme amado me permite descansar en Dios. Verme despreciado me hunde. El amor humano siempre es el camino más rápido y seguro para llegar al cielo, para hacer bajar el cielo a la tierra. Quiero aprender a descansar en Dios. Quiero cumplir ese imperativo, pero no lo consigo. Me piden que me alegre siempre, pero, ¿cómo puedo hacerlo cuando no estoy feliz? Es un imperativo imposible, de esos que tiene Jesús. Como cuando me dice que sea manso y humilde y aprenda de Él. O me pide que ame como Él me ama, cuando su amor es infinito. Me parecen imperativos imposibles.
Los escucho con ansia de crecer. Los repito con mis labios para convencerme de que son posibles. Los escribo una y otra vez deseando así vivirlos. Pero no logro hacer realidad lo que Jesús me pide hoy. ¡Qué lejos estoy de estar siempre alegre! Quiero una felicidad permanente que nadie pueda turbar. Para mí no es posible. Pero sé que para Dios lo es si dejo que actúe en mí en medio de mis noches. Si dejo de desear lo que me hace infeliz. Si dejo de empeñarme en controlarlo todo. Hoy busco en mi corazón las raíces más hondas. Me adentro en lo profundo de mi herida. Quiero descubrir mis razones para no estar alegre. A menudo pongo mi felicidad en el sentimiento. Y cuando falla, sufro. Lo que siento es tan cambiante. Leía el otro día: «Sentir sólo es sentir. Sentir no es amar. Los que no aman también sienten. Aunque no basta sentir para ser feliz. Quien no ama no puede ser feliz. No basta por ello sentir»7. No me basta con sentir para ser feliz. No soy feliz sólo cuando siento. Quiero alejar de mí esos pensamientos negativos que me hacen daño. Esas frases falsas que aprendí de pequeño. Que me dicen que no valgo, que no sirvo, que no soy amado. Como juicios grabados a fuego en mi alma herida. ¿Cuál es hoy la causa de mi falta de alegría? Se la entrego a Dios. Él sabe mejor que yo lo que necesito para ser feliz. Conoce mi fragilidad y entiende que necesito descansar en Él para tener paz. Si no amo no puedo ser feliz. Si no me sé amado, es difícil. Hoy le pido a Jesús que me quite todo lo que me pesa. Que aparte de mí las amarguras, lo que me entristece. Pongo a sus pies en el Belén mis tristezas más hondas. Le pido que se las quede y a cambio me entregue su amor, su paz, su alegría. Quiero estar alegre siempre en el Señor. Agradecerle por todo. Descansar en Él. Y buscar la paz en su regazo.
Hoy Juan Bautista vuelve a estar en el centro
«Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz». ¿Cómo se puede definir a sí mismo el que sólo es testigo de la luz? Me gusta mirar a Juan que se siente tan pequeño. Le preguntan: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?». Juan contesta: «Yo no soy el Mesías». Es sólo un hombre que es testigo de la luz. Es enviado por Dios a los hombres para preparar a Jesús. No es algo que se haya inventado. Es algo querido por Dios. Se siente amado en su misión. Descubrió quién era. Su nombre, aquel que Dios pronunció al crearlo. Su misión no es la de Jesús, el Mesías, ni la de Elías, ni la del profeta. No es la luz misma. Sólo es el testigo de la verdad. Pero no es la verdad misma. Es la voz, pero no es la palabra. Es precursor de Jesús, su profeta, su mensajero, pero no es su discípulo. Es el hombre solitario, pero no es del grupo de Jesús. Me conmueve. Juan tenía un corazón grande. Cuando uno tiene el alma grande sabe quién es y quién no es. Juan no se pone medallas, no está en el centro. Sabe estar en su lugar. Y su lugar es sólo suyo. Sabe que ahí, en su lugar, haciendo lo que tiene que hacer, cumple la voluntad de Dios para su vida. Su plan de amor. A veces me agobio queriendo saber lo que tengo que hacer. Saber si el lugar en el que estoy es el adecuado o tengo que esperar. Me comparo. Busco. Y no soy feliz viendo a otros en lugares mejores. Quiero tener, hacer, ser, para ser feliz. Y si no lo logro vivo insatisfecho, buscando. Juan sabe cuál es su lugar y su misión. Surge la pregunta en mi alma: «¿Y tú quién eres?». Me lo pregunto tantas veces. Sé que en la vida los demás no van a decirme quién soy. Yo mismo tengo que descubrirlo. Buscarlo en Dios. En lo más profundo de mi alma. Oculto en las arenas de mi playa. Traído por las olas hasta mí. El otro día leí una poesía que expresa ese anhelo de conocer mi lugar, mi verdad: «¿Quién soy? Me pregunto cada día. Le pregunto al mar. Las olas evocan algo en mí. Pero aún no sé mi nombre. ¿Quién soy? Pregunto al bosque, ríos y montañas. Algo se ensancha en el alma. Pero aún no sé mi palabra. ¿Quién soy? Le pregunto al cielo en noches oscuras. Cuando es azul y ancho. Cuando es gris como mi recuerdo ingrato. Pero aún no sé mi melodía. ¿Es que todos lo saben menos yo? ¿Es qué pueden saber quiénes son el mar, los montes, el cielo, y yo no? ¿Cuál es la música con la que bailo? Y un día. Llegaste. Y al decirlo supe que en ti estaba yo. Tu voz me descubrió. Porque te quise. Y al quererte lo supe. Era yo. Tocaste mi música. Bailé». Veo la respuesta prendida del aire en el corazón de aquél a quien se ama. Hay personas en las que el corazón se ensancha y sabe que ha llegado a puerto. Hay lugares que son hogar desde el primer momento. Hay momentos en los que sé que existo sólo para vivir lo que estoy viviendo. Y comprendo de golpe quién soy. Cuando amo, cuando soy amado. Me voy haciendo en el acto libre y gratuito de entregar la vida. Sin buscar títulos que justifiquen mi presencia. O que faciliten mi entrega. Sin pretender lugares en los que no sería yo mismo, sino alguien distinto. Sin detenerme en amores que no me llenan el alma y me dejan vacío e insatisfecho. Me pregunto a mí mismo: «¿Quién soy?». Y busco encontrarme con Jesús para que calme mi sed. Soy el que Dios ha pensado. Su voz calma mi anhelo. Sé que soy una sombra de Dios. O el reflejo tenue de su luz más honda. ¿Qué digo yo de mí mismo? ¿Quién soy yo? ¿Cuál es mi misión en la vida? ¿Cómo me llama Dios? ¿Quién soy yo de forma única y particular? Es una pregunta tan humana. Hay algo mío, que permanece sea cual sea la circunstancia que viva. Es lo que soy en lo más hondo. La propia vida, las circunstancias, me van modelando. Y yo, según vaya respondiendo a ellas, voy creciendo. La circunstancia de Juan fue estar antes que Jesús. No lo siguió, no vivió con Él, no pudo morir a su lado ni caminar junto a Él. No pudo salvarlo. Juan se define por lo que no es y también por lo que es. Es testigo, es voz, es el que bautiza. Es de corazón grande y ama su misión de ser camino. Sabe que sólo ha de abrir puertas. Y renunciar para que otros puedan amar a Jesús. Su misión es única. Su santidad, su felicidad, su forma particular de ser hijo de Dios, tienen que ver con ser testigo de la luz, pero no la luz. Tienen que ver con ser voz pero no la palabra. Con ser allanador de caminos pero no el camino. A mí se me llenan la boca y el corazón de obras, de logros, de palabras. Como se llena la Navidad de luces y regalos. Risas y fiestas. Pero hay vacío en el alma del hombre. Soy sólo reflejo de la luz. Testigo de la verdad. Hoy escucho: «Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor». Es una misión bella: sanar corazones, vendar heridas, sujetar caídos. Es una misión pobre y sencilla. La abrazo y me alegro por el camino único por el que Dios me llama.
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