«Conforme Jesús avanzaba, la gente tendía sus capas por el camino. Y al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, todos sus seguidores comenzaron a gritar de alegría y a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto. Decían: –¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!».
Jesús entra en Jerusalén aclamado mientras echan ramos de olivo a sus pies. Los ramos y sus mantos. Era el rey que entraba en la ciudad santa. Un rey salvador al que aclamar en este domingo de ramos. Siempre me conmueve este momento. Una muchedumbre acompañaba la entrada de Jesús. Aclaman hoy, al que días después, será condenado a muerte. Lo aclaman sin saber el peligro que corre. Lo celebran como si fuera vencedor de una gran guerra, como si ya hubiese triunfado, sin saber que le están preparando el camino a su muerte. Entre esos hombres y mujeres habría muchos agradecidos. Daban gracias por la vida de Jesús que los había salvado. Seguramente cada uno tendría su propia historia personal de amor con Jesús. No necesariamente un milagro, quizás a algunos les bastó un encuentro, una conversación, un abrazo. Eso bastaba para que su corazón se enamorara de nuevo. Siempre me ha gustado la alegría de esta fiesta. Un grupo ingente de personas acompañaban al maestro.
El Mesías entraba en Jerusalén. ¿Sería realmente el Mesías? ¿No tendría que entrar el Mesías acompañado de un ejército que expulsara a los enemigos de los judíos? Jesús entra en paz, con el corazón inquieto pero tranquilo. No entra venciendo, tampoco entra vencido. No muestra la mansedumbre que mostrará más adelante cuando sea llevado al Calvario. Ahora incluso dice que está bien que lo aclamen: «Entonces algunos fariseos que se hallaban entre la gente le dijeron: –Maestro, reprende a tus seguidores. Pero Jesús les contestó: –Os digo que si estos callan, las piedras gritarán». Las piedras aclamarán si ellos no lo hacen. Aclamarán a Dios cuando no haya nadie que lo haga. Alabarán a Dios las piedras, los árboles, los ríos, los animales, cuando ya no haya hombres que lo hagan. Yo quisiera alabar a Dios y darle gracias por mi historia, por el camino que recorro cada día. Darle gracias por mis días buenos y malos, por mis éxitos y mis caídas. Darle gracias por los milagros de los que he sido testigo y por esos fracasos que me han dolido en el alma. Me gusta pensar en ese Jesús al que aclamo como mi Rey en lo más hondo del corazón. Ya ha vencido incluso en todas mis derrotas. Ha vencido en mi muerte y en mis heridas. Quisiera aprender a dar gracias por lo que tengo y por lo que no he conseguido. Agradecerle por los días que transcurren tranquilos y por los días de guerra en los que sobrevivo apenas. La actitud del que agradece es siempre positiva. No vive sumido en la queja ni en el desánimo, no vive angustiado por lo que ha perdido, ni por lo que ya no tiene. Agradecer es una bendición siempre. El que agradece no se equivoca nunca. Alabar y cantar es algo que ensancha el corazón. Cuando lo hago dejo que salga todo lo que llevo acumulado. Mis penas y mis angustias, también mis ansiedades. Soy consciente entonces de todo lo que he recibido. Dios es bueno y bueno es todo lo que Él hace en mi vida y yo le doy gracias conmovido. Me siento parte de ese grupo de hombres y mujeres que se alegran con Jesús. Van corriendo a su lado y colocan sus mantos a sus pies. Están felices.
¿Cuánto dura la alegría del domingo de ramos? Como la de cualquier día de fiesta. Se vive en presente y eso basta. Es el momento en el que me abrazo con mis seres queridos, con los que amo y me alegro. Hay muchas alegrías cotidianas en mi vida, alegrías de domingo de ramos. Alegrías que me llenan el corazón. Puede que no duren toda la semana y sucedan cosas que me quiten la paz. No importa, no por eso dejo de alegrarme con victorias parciales, con triunfos momentáneos. Sigo feliz a Jesús mientras entra en Jerusalén aun cuando no sepa cómo va a acabar todo. Me alegro por lo que ha hecho por mí, por lo que he vivido a su lado. Me alegro con esa alegría de los momentos sencillos de esta vida. Me alegro con un abrazo que se acaba en un suspiro. Con un perdón dado con intención de ser eterno. Me alegro con unas palabras de ánimo dichas en el momento adecuado. Con una visita cuando estaba enfermo que me ha calmado. Con una sonrisa cuando menos la merecía. Con un silencio cuando esperaba críticas o insultos. Me alegro con una puesta de sol que dura segundos. Con un amanecer que me abre a un nuevo día lleno de esperanza. Me alegro con una melodía que se graba en el corazón y la repito después como enamorado. Me alegro con tu mano tendido, con tu mirada sincera, con tu presencia callada. Me alegro con tu fidelidad y tu entrega. Me alegro cuando me aceptas y bendices, cuando me amas en silencio y sigues a mi lado. Esa es la alegría de este domingo que dura eternamente en el alma, aun cuando dure poco tiempo ante mis ojos.
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