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Un pilar de la Cuaresma es la oración

por Pbro. Carlos Padilla E.
transfiguración

«Quiero subir a lo alto del monte. Quiero verlo resucitar a muertos y curar enfermos a punto de morir. Quiero oír que me dice que mi vida será fecunda cuando me deje hacer por Él»

Un pilar de la Cuaresma es la oración. Quizás el más importante. Porque en realidad la cuaresma es una invitación a recorrer el camino hasta la Resurrección de la mano de Jesús, en su corazón herido. Se trata de acompañarlo, de seguir sus pasos, de escuchar su voz. Dejaré que entre en mi interior, en mi morada santa, y allí estaré yo esperándolo. Seré testigo de su misericordia, de su humildad, de su pobreza. Testigo de su amor inmenso que me rompe por dentro y me emociona. Porque su amor es más grande que nada en este mundo. Y yo quiero ir con Él esta cuaresma. Quiero ir a través del desierto, siendo tentado y escuchando su voz que calma mis ansias. Quiero subir a lo alto del monte para ver el cielo en su carne transfigurada. Quiero verlo resucitar a muertos y curar enfermos a punto de morir. Quiero oír que me dice que mi vida será fecunda cuando me deje hacer por Él, experimentando su presencia, su amor más hondo. Quiero seguir sus pasos, sus huellas sobre la arena, sus pies sobre las aguas. Quiero seguirlo y sentir que puedo caminar a su lado, o detrás de Él, un poco más lejos. Pero cerca al mismo tiempo, sintiendo su miedo, su dolor, su angustia. Cada vez que comienza la cuaresma siento una opresión en el pecho.

Como que me gustaría cambiar el guion de una película que conozco demasiado bien. Me gustaría inventar un final menos trágico, no tan violento, ni tan triste. Una resurrección sin asesinato previo. Un triunfo final sin una derrota tan amarga. Luego lo pienso y me veo de nuevo ante Jesús, mirándolo suspendido en la cruz. Sufriendo y resucitando al mismo tiempo. Y comprendo que no hay vuelta atrás. que cada año estoy destinado a revivir la misma escena, los mismos protagonistas se debatirán entre la verdad y la mentira, entre el amor y el odio. Y aparentemente vencerá el odio, el resentimiento, la herida se hará más honda, dolerá más la vida en esos instantes últimos. Y temblaré como Pedro, como Juan, como el mismo Judas. Besaré a Jesús como un traidor en la noche de un huerto. Me dormiré mientras Jesús ora y suda sangre, tratando de no beber de ese cáliz, si el Padre lo permitiera. Pero no lo permite. Y se hará realidad una voluntad que me parece enfermiza. ¿Cómo es posible permitir la muerte de un hijo? Jesús muere porque los hombres no pueden soportar tanta verdad, tanto amor, tanta justicia. Y es mejor que muera un justo para salvar a muchos. Mejor que muera el que parecía traer la división en lugar de la unidad. Porque seguir a Jesús no era tan sencillo. En la cuaresma se me invita a seguir a Jesús optando por su camino, por su verdad, por su amor que es más grande que mi propia vida. Jesús me pide que ame hasta dar la vida siguiéndolo. Y yo me resisto a sufrir, quiero que pase el cáliz de la cruz. Quiero vivir en paz, sin problemas, sin tensiones. La cuaresma me invita a hacer más oración, más silencio. A desconectarme de todo lo que me altera e inquieta, a dejar un lado todo lo que hace ruido en mi interior: «Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará». Orar en lo secreto es el camino de esta cuaresma.

Sin que nadie sepa, sin que nadie me vea. Aprender a meditar y dejar que Dios camine por mi jardín dormido. Ese jardín interior en el que la maleza parece haberse apropiado de toda la belleza. Allí dentro está Él, aquel a quien amo, a quien quiero seguir esta cuaresma. Quiero estar con Él, sin decir mucho, sin hacer nada. Estar a su lado tranquilo, mirando el cielo, contemplando la tierra bajo mis pies. Quiero descubrir a ese Jesús al que he buscado toda mi vida y ha dejado su rostro impreso en mi alma. Su rostro grabado para que no lo olvide nunca, para que no me olvide. Porque vivir la cuaresma no consiste en renunciar a muchas cosas. Es más bien un optar por lo que me hace bien, por lo que me da la vida, por aquello que me alegra y rejuvenece.

Caminar en Cuaresma es una renovación del alma que a veces, por culpa de tantos ruidos, se queda exánime, como muerta, muy cansada. Es volver a elegir esa bandera que es la mía, la de Jesús, la de su pueblo, la de sus amados. Quiero subir con Él por todos los caminos y ayudarle a llevar esa cruz que se parece tanto a la mía, muy pesada, muy manchada, muy oxidada. Porque lo que no se cuida se echa a perder. Quiero animarme y soñar con las alturas. Quiero volver a empezar para que todo tenga un sentido.

Fuente: padrecarlospadilla.com


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