Inicio La Voz del Pastor “Morimos con Cristo para resucitar con él a una vida nueva”

“Morimos con Cristo para resucitar con él a una vida nueva”

por Card. Rubén Salazar Gómez
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Yo quisiera invitarlos a que como los griegos, nosotros queramos ver al señor. Que todos los días de nuestra vida sintamos ese deseo de encontrarnos con Cristo, nuestro Señor.

Estamos llegando ya al final de la Cuaresma, dentro de ocho días vamos a tener ya el Domingo de Ramos, y nos introducimos en la Semana Santa. Por eso esta última semana de Cuaresma, estrictamente hablando, es una semana que debemos aprovecharla; si hemos vivido un poquito descuidadamente las semanas anteriores, ojalá ésta la vivamos con toda la plenitud, con una seriedad que nos permita escuchar con atención la palabra del Señor.

Nos encontramos con un episodio, que en el Evangelio de Juan, cierra la primera parte del Evangelio y es como un resumen de la actividad que ha realizado el señor Jesús a lo largo de su ministerio, y al mismo tiempo abre los relatos de la última cena y de lapasión y muerte del Señor. Es un texto riquísimo que como todos los textos evangélicos, son textos que no se agotan con una pequeña explicación, sino que deben ser textos en los cuales nosotros podamos una y otra vez leyéndolos, meditándolos, reflexionándolos, volver cada vez sobre ellos para poder desentrañar toda la riqueza que tienen para nosotros.

En primer lugar, yo quisiera que (y esto es una preparación inmediata para la celebración de la pascua) comprendiéramos el deseo que tiene el señor Jesús de manifestarse a sí mismo como aquel que debe morir para darnos la vida. Nos dice el texto que unos griegos quisieron ver al señor Jesús, y entonces los apóstoles los llevan hacia el Señor; pero el Señor estalla de gozo y tiene unas palabras que son realmente unas palabras bellísimas que nos permiten entender todo el sentido de su muerte y de su resurrección.

Yo quisiera invitarlos a que como los griegos, nosotros queramos ver al señor. Que todos los días de nuestra vida sintamos ese deseo de encontrarnos con Cristo, nuestro Señor. Yo sé que vivimos llenos de tareas, de problemas, de dificultades, de angustias, de dolores pero también de alegrías y de éxitos…ahí en medio de nuestra vida ordinaria, que todos los días quisiéramos ver al Señor, encontrarnos con el Señor; ser capaces de descubrir lo presente nuestra existencia, para que nuestra existencia se llene de gozo y de paz.

Pues bien, el Señor explica en sus palabras bellísimas el sentido de su muerte. La muerte del Señor se inscribe en un significado que Él aclara con una pequeña parábola: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. La pasión, la muerte del señor Jesucristo no son acciones de simplemente como de derrota, de absoluta derrota por parte del pecado, del demonio y de la muerte…no, todo lo contrario: así como la semilla cae y al caer muere, pero muere para dar fruto (es decir para que nazca un árbol), así también la muerte del señor Jesucristo es el paso hacia la resurrección; y si es el paso hacia la resurrección, entonces es indudablemente la irrupción misma de la vida, de la vida plena para todos los seres humanos. El Señor se entrega a la muerte para vencer la muerte, para liberarnos a nosotros de a muerte y darnos la posibilidad de vivir en plenitud la misma vida de Dios y, por lo tanto, la vida que es el amor.

Qué bueno que nosotros comprendiéramos que esto es lo que también nosotros tenemos que vivir en nuestra existencia diaria. Nosotros también como el Señor, tenemos que morir para poder vivir y morir con Él. ¿Qué significa esto? Que verdaderamente nosotros seguimos a Cristo, nuestro Señor, escuchando su palabra, compartiendo con Él todos los días de nuestra existencia, siguiendo a lo largo del camino en nuestra vida. Vayamos cada vez más compartiendo con Él la muerte, para que todos los días también podamos compartir con Él la vida, y tener la vida que el Señor nos da.

Qué bueno que ese fuera el movimiento permanente de nuestra existencia: de la muerte, a la vida; de la muerte, a la vida; de la muerte, a la vida. Porque así debe ser la existencia de un discípulo misionero del Señor, así debe ser. Una vida en la cual, compartiendo con el Señor, compartimos su vida y esto es lo que hemos recibido en el bautismo. En el bautismo, nos dice San Pablo de una manera muy clara, “morimos con Cristo para resucitar con él a una vida nueva”. Y morir con Cristo es morir al pecado, es morir a todo lo que nos separa de Dios y de los demás: es morir al odio, a la envidia, al rencor, a la injusticia, a la violencia, a todo eso que destruye la existencia humana, que destruye la convivencia y que nos hace incapaces de vivir. Y nacer a todos los días a aquello que es vida, por lo tanto nacer a: la justicia, la fraternidad, la solidaridad, al servicio, a la ayuda fraterna, a la búsqueda permanente del bien de todos por encima de cualquier interés personal o particular.

Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a comprender cómo el sentido de la vida es fundamentalmente morir con Él para resucitar con Él. Es decir, verdaderamente hacer nuestro el misterio pascual, ese misterio que vamos a celebrar la semana entrante, cuando ya en Semana Santa, y sobre todo los días finales de jueves, viernes, sábado y domingo, estemos celebrando la pascua. Que el Señor nos permita prepararnos convenientemente para ese momento tan importante para nuestra existencia.

La bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre, amén.

 

 


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