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«BIEN, DECILE»

por Pbro. Leandro Bonnin
bien-decile

La frase la había escuchado decenas o centenares de veces, al preguntar a un niño pequeño «¿cómo estás?»

Sus mamás o papás, abuelos o abuelas, o tutores de turno le indicaban la respuesta lógica, esperada, casi invariable:

«Bien, decile».

Sólo hace unos días me percaté de que algo no tan positivo se escondía en esta respuesta inducida y estereotipada. Me empezó a «ruido» luego de leer algunos estudios que indicaban que muchos jóvenes padecen trastornos de salud mental, en gran medida, porque no pueden hablar de sus problemas.

Porque no pueden o no saben decir «me pasa esto, me siento así, me duele esto otro, me preocupa aquello».

Tal vez ese «bien, decile» -completamente bienintencionado- los ha educado o nos ha educado en el error de «aparentar que estamos bien», «decir que estamos bien», cuando la realidad dista de ser así.

Esta actitud y tentación se ha amplificado por las redes sociales donde es obligatorio -o casi- mostrarnos siempre bien, siempre sonrientes, siempre ganadores.

Obviamente, no estoy diciendo que tengamos el deber de exponer nuestros problemas en las redes. Pero sí creo que algunas veces nos desgastamos en una sobreactuación de nuestros rasgos positivos, sobreactuación que es por momentos tan eficaz que acaba de convencernos a nosotros mismos.

Creo, entonces, que es importante ayudar a nuestros niños a reconocer y asumir, sin dificultades, sus estados de ánimo.

Y si están mal, darse cuenta de que lo están.

Y enseñarles a distinguir la ira de la tristeza, el miedo de la desesperanza, la desilusión de la nostalgia.

Está claro que no es bueno ni es propio del hombre maduro y formado dejarse dominar por las emociones. Y que parte del camino educativo y «autoeducativo» (me encanta esta palabra) consiste en ser libre frente a las pasiones que se debaten en mi interior, en dominarlas en lugar de dejarme dominar.

Pero hay un primer paso que es necesario aprender a vivir: y es el «sentir» aún cuando a veces no debamos consentir. Porque si no somos capaces de ponerle nombre a nuestro estado interior, si no somos capaces de «decirlo» con palabras sinceras y limpias, por otro lado, por algún lado, nuestro cuerpo o nuestros desórdenes lo dirán.

En esto también se juega, un poco -o bastante- la relación con Dios. Porque es claro que si yo siempre «estoy bien», «me va de 10», «tengo todo bajo control», se cierran para mí muchas oportunidades de ponerme, humilde y pequeñito, ante el amor de mi Padre. Porque -dice Jesús- «mi poder triunfa en la debilidad», y por eso, con San Pablo, podemos llegar a decir: «cuando soy débil, entonces soy fuerte».

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1 comentario

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suorbea agosto 14, 2019 - 10:16 am

Muy acaso con este tema, a mis 60 años y gracias a varios años de EE Ignacianos y talleres realizados, hoy puedo ser dueña de mis sentimientos, positivos o negativos que ellos sean, los uno que me ayudan a construir, los otros que me hacen reconocer en el cotidiano a ese Dios que dice “no te voy a dejar sola”. Muy buen artículo.

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