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Mártir por amor a la Eucaristía

por Pbro. Eduardo Acosta

Hace un tiempo, en la página web de EWTN, encontré el resumen de un artículo de un sacerdote, Martín Lucía, que se titulaba  Let the Son Shine (Dejá que el hijo brille). En él, este sacerdote recoge algunas anécdotas de la vida de Fulton Sheen, obispo auxiliar de Nueva York durante muchos años. Hace poco, el Papa Francisco acaba de aprobar un milagro hecho por Dios, a través de su intercesión, por lo que pronto será declarado beato.

El artículo narra que unos meses antes de su muerte, el obispo Sheen fue entrevistado por una de las cadenas nacionales de televisión de los Estados Unidos. El entrevistador le preguntó: -Obispo Sheen, usted inspiró a millones de personas en todo el mundo a amar la Eucaristía. ¿Quién lo inspiró a usted? ¿Fue acaso un Papa? 

El obispo Sheen, gran predicador y excelente comunicador, respondió que su mayor inspiración no fue un Papa, ni un cardenal, u otro obispo; y ni siquiera fue un sacerdote o una monja. Fue una niña china de once años de edad. 

Explicó que cuando los comunistas se apoderaron de China, encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la Iglesia. El sacerdote observó aterrado desde su ventana cómo los comunistas penetraron en la iglesia y se dirigieron al presbiterio de la iglesia. Llenos de odio profanaron el tabernáculo, tomaron el copón y lo tiraron al piso, esparciendo las hostias consagradas. Eran tiempos de persecución y el sacerdote sabía exactamente cuántas hostias contenía el copón: Treinta y dos.

Cuando los comunistas se retiraron, tal vez no se dieron cuenta, o no prestaron atención a una niñita que rezaba en la parte de atrás de la iglesia, la cual vio todo lo sucedido. Esa noche la pequeña regresó y, evadiendo la guardia apostada en la iglesia, entró hasta un lugar en el que no la veían. Allí hizo una hora  de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio. Después de su hora santa, se adentró en la iglesia, procurando que no la descubrieran, se arrodilló cerca de las Hostias regadas por el piso, e inclinándose hacia delante, con su lengua recibió a Jesús en la sagrada comunión. (En aquel tiempo no se permitía a los laicos tocar la Eucaristía con sus manos). 

Una noche, una hostia

La niña continuó regresando cada noche, haciendo su hora santa y recibiendo a Jesús eucarístico en su lengua. En la trigésima segunda noche, después de haber consumido la última hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó a uno de los guardias. Este corrió detrás de ella, la agarró, y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle.

Este acto de martirio heroico fue presenciado por el párroco de esa iglesia. Al cabo de los años pudo contar la historia. Y recordaba el dolor que experimentó, mientras miraba desde la ventana de su cuarto convertido en celda.

Una hora santa para toda la vida  

Cuando Fulton Sheen escuchó el relato, se conmovió tanto que prometió a Dios que haría una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días, por el resto de su vida. Si  aquella niña de apenas once años pudo dar testimonio con su vida de la real y hermosa presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento, entonces el obispo se veía obligado a lo mismo. Su único deseo desde entonces fue, atraer el mundo al corazón ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento. Es impresionante este ejemplo de fe viva. Más, en una pequeña que apenas tiene once años. Debo reconocer que sentí una gran emoción al leer este relato. Desde entonces, me viene frecuentemente a la memoria cuando celebro la Santa Misa y cuando estoy en una iglesia, un oratorio o capilla donde está Jesús en el sagrario. Me interpela el Señor continuamente. Ojalá todos los católicos descubramos esa locura de amor que es la Eucaristía. El verdadero valor y celo que se debe tener por la Eucaristía tiene que llevar, incluso, a dar la vida por Él, como Él lo hizo por nosotros. La fe, si es viva y verdadera, puede sobreponerse a todo miedo y como el verdadero amor a Jesús en la Eucaristía debe trascender a la vida misma. Lo que se esconde a nuestra vista en la hostia sagrada es Jesús mismo. En cada hostia está Jesús con su cuerpo, con su sangre, con su alma y con su divinidad. Todo lo creado es un reflejo de la realidad suprema que es Jesucristo. El sol en el cielo es tan solo un símbolo del hijo de Dios en el Santísimo Sacramento. Por eso es que muchas custodias imitan los rayos del sol. Como el sol es la fuente natural de toda energía, el Santísimo Sacramento es la fuente sobrenatural de toda gracia y amor.

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