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Pandemia, desierto y tiempo de gracia

por Editor mdc
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Alabamos y bendecimos al Señor, porque estamos viviendo un tiempo de gracia

En el marco de la pandemia de coronavirus, tenemos la oportunidad de experimentar realmente el desierto: el retiro, la soledad, el silencio, la Cuaresma en carne viva. 

El permanecer en casa es, en muchos países, una penitencia impuesta. No obstante, no hay penitencia que valga a los ojos de Dios que no esté acompañada de oración y caridad. Llegó el momento en el que “forci-voluntariamente” –o movidos por el temor–, nos toca rezar y nos sentimos llamados a ser solidarios.  

Ahora bien, “El católico es alegre” dice el Papa Francisco. Porque «somos del mundo, sin ser del mundo», los creyentes tenemos a Cristo y tenemos esperanza. Él mismo nos enseñó que los que sufren, los pobres y los afligidos son los hijos predilectos del Padre. Este desierto que nos excede, que nos prueba, que sólo parece ser oscuro y triste, es una oportunidad para encontrarnos con Dios. ¡Que las circunstancias actuales sean ocasión de reflexión y transformación del corazón!

Históricamente, de las peores crisis han nacido los más grandes santos. No se trata de sentarnos a esperar a ver quiénes serán beatificados en nuestra época. Somos cada uno de nosotros quienes estamos invitados a santificarnos en medio del dolor. Hay que tener esperanzas, obrar con fe.

Ante la tentación de victimizarnos por no poder ir a misa y comulgar, viene bien recordar el pasaje bíblico de la tentación a Jesús en el desierto. Las palabras de Cristo en esa situación límite fueron: «No sólo de pan vive el hombre». Tenemos la comunión espiritual.  

Si acatamos las disposiciones de cada país para prevenir o enfrentar al Covid-19, de alguna manera respondemos con obediencia y caridad, a imitación de San José –que mientras rezamos su Novena intercede por el mundo entero.

Vaya ayuno que compartimos con hermanos de distintas naciones. Las diferencias de todo tipo quedan relegadas ante la urgencia por combatir la pandemia. Parece que transitamos un largo Vía Crucis y un largo Triduo Pascual. ¡Pero alto! Durante los verdaderos, sufridos por Cristo, se ignoraba el desenlace. ¡Hoy sí lo conocemos! Sabemos que en las iglesias sigue vivo El Corazón que nos da Vida, que no estamos solos. Jesús está en el misterio de la Eucaristía, así como en cada rostro de Oriente y Occidente.

Demos gracias a Dios por este tiempo de gracia. ¡No tengamos miedo! ¡Estemos alegres! ¡Jesucristo ha resucitado! “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”, nos prometió.

Roguemos a María Santísima por los enfermos y sus seres queridos, por los profesionales de la salud, por las autoridades que deben tomar decisiones. Que nuestra Madre interceda también por nosotros, para que seamos responsables y prudentes y, sobre todo, para que aumente nuestra fe.

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