La Biblia es una vasta biblioteca con 73 libros de diversos temas, autores dictado por el Espíritu Santo. La tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia Católica nos transmiten la Buena Noticia desde sus inicios, enseñándonos y explicándonos las Sagradas Escrituras (Hch 8,26-40). Ahora bien, para comprender mejor lo que narra la Biblia es importante conocer el contexto de la época en la que cada texto fue escrito, a quién fue dirigido y qué estilo literario estamos leyendo.
Entonces, es momento de reflexionar sobre la propia experiencia. ¿Qué busco encontrar en las Sagradas Escrituras? (Hb 1,1-3). ¿Me acerco con frecuencia a la Biblia o la tengo abandonada en un rincón, llenándose de polvo?
Si no estás acostumbrado a recurrir a los textos sagrados, eso no impide que puedas hacerlo de ahora en más. Para iniciar cualquier actividad, lo principal es tener ganas de comenzar. Así que, ¡adelante!
Lo mejor es empezar orando al Espíritu Santo, para pedirle que a la luz de sus enseñanzas uno pueda descubrir la riqueza inagotable de la Palabra de Dios (Hch 16, 25-34). Es importante tener un lugar adecuado y estar bien dispuestos, porque cuando rezo, todo mi cuerpo ora, y permanecer atento durante el tiempo de lectura (Lc 4,14-21). Es verdad que en nuestras sociedades actuales nos dispersamos fácilmente, no mantenemos la concentración ni dos minutos, navegamos de página en página cuando estamos en internet y hacemos zapping de canal en canal frente al televisor. Por eso, un lugar de recogimiento para encontrarnos con Dios, favorecerá nuestra disposición (Hch 2, 1-4).
Para una lectura provechosa, la Lectio Divina nos guía. Es una práctica que nos ayuda a descubrir qué dice el texto, qué me dice en mi vida de hoy, qué enseñanza me deja y qué quiero decirle a Dios. Se trata de meditar y orar aquello que leímos (Sal 119,105). Si lo hacemos en comunidad, nos enriquecemos mutuamente con nuestros hermanos y de a poco aprendemos a saborear la lectura (Lc 11,28).
La Palabra purifica
Meditando sobre las Sagradas Escrituras, mi mamá me compartió una historia muy linda. Resulta que un novicio le dijo a San Arsenio que al leer la Biblia no le quedaba casi nada. El santo mandó al joven a sacar agua de un profundo pozo con un canasto lleno de polvo. Después de una hora, el santo le preguntó al discípulo si había logrado sacar algo. El joven contestó que aunque toda el agua salía por las rendijas del canasto, éste había quedado limpio, sin nada de basura. Entonces, San Arsenio le indicó que eso hacen las Sagradas Escrituras en nuestra vida: aunque aparentemente no nos quede nada, la Palabra Divina nos mantiene el alma pura, aleja de nosotros la mancha del pecado y la basura de los vicios (Mt 7,24-25).
El relato del canasto nos alienta a no preocuparnos si en nuestra impaciencia no comprendemos lo que Dios quiso decir. Suele suceder: leo y no entiendo nada, siento que muero en el intento (Sal 119,130). Por eso, conviene buscar al sacerdote más cercano o a alguien con formación en la fe que pueda auxiliarnos a la hora de desentrañar los mensajes divinos.
También, es útil tener a mano un cuaderno de notas en el cual podamos ir escribiendo lo que nos toca el corazón al leer la Palabra. Así, en poco tiempo tendremos un tesoro lleno de reflexiones propias sobre la Biblia que pueden tomar nuevos sentidos al revisarlas en conjunto (Mt 4,4).
La lectura orante y diaria de la Biblia es como una fuente copiosa de agua, imaginemos que se trata de una gran catarata que lava y riega nuestro interior. Por supuesto, la intensidad del agua dependerá de cuán asidua sea nuestra lectura, del lugar que le demos a Dios en nuestra vida (Jn 4, 4-15). Al nutrirnos de su Palabra, esa agua viva fertiliza y ablanda el terreno, todas las costras y durezas desaparecen dando lugar a un valle lleno de flores que perfuman y dan frutos buenos, que crecen donde Dios nos abraza con su amor (Jn 7,37-39).
Guía en el camino
Si profundizamos en la Palabra de Dios, Juan en su prólogo nos ilumina: “La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios” (Jn 1,1). “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra” (Jn 1,3). “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).
Las Sagradas Escrituras no son cuentos escritos con personajes que vivieron hace 2000 años. Cada uno de nosotros, con nuestras fortalezas y debilidades, somos partícipes de esa misma Palabra que nos guía. Todos tenemos un poco de cada personaje, la clave es descubrir la Palabra viva que Dios nos comunica hoy en nuestra vida. Así crecemos en la fe y cada vez sentimos más la presencia de un Dios vivo.
Todos buscamos la felicidad, esa razón que le dé sentido a nuestro existir (Dt 6,3). Buscamos consejos y fórmulas mágicas o novedosas en todas partes para encontrar esa felicidad. Sin embargo, es el mismo Dios quien nos ha revelado todo a través de sus profetas y la Palabra Viva, que es Jesús, y lo encontramos en las Sagradas Escrituras (Prov 4, 1-27). Como decía San Agustín al leer la Biblia en Rm 13,13, “como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas”. (Libro VIII, capítulo 12, nº. 29, de las Confesiones).
La Biblia es una ventana, una puerta para entablar un diálogo con Dios (Jn 10,7-18). Por nombrar algunos libros, en Génesis tenemos la Creación y a los Padres en la fe: Abraham, Isaac y Jacob. En el Éxodo, Moisés; en Job podemos aprender sobre el dolor y la pérdida; los salmos son alabanzas que nos acompañan en diferentes circunstancias de nuestra vida. En Hechos encontramos historias sobre las primeras comunidades cristianas; y en los Evangelios, Jesús nos muestra a un Dios que es Padre, que siempre nos está esperando (Hb 11,1-40).
Para comenzar a manejar, aprendo en camino de tierra y luego paso a la ruta. Lo mismo sucede con la Biblia, luego paso a la ruta del conocimiento de Dios, a la ruta de nuestra vida con Dios (2 Pe 1,1-21). La Biblia es nuestra guía en el camino aquí en la Tierra para conocer a Jesús nuestro Señor, es el camino para llegar a la vida eterna (Jn 14,6-7).
Por eso con la Biblia hasta el cielo no paramos.
Autor: una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.