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Porque con Dios Padre, hasta el cielo no paramos

por Editor mdc
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Si te digo Dios Padre, ¿en qué piensas? (Lev 19,1-3) ¿Viene a tu cabeza la imagen de un Dios desconocido?, ¿alguien lejano?, ¿una autoridad que te asusta? Si tu caso es uno de esos, te invitamos a acercarte, a mirar mejor y descubrir a un Dios que te ama (I Jn 4,7-14). 

Puede que, con un sentido positivo o negativo, la imagen paterna que tenés contribuya a tu idea del Padre Celestial. Sin embargo, nuestro Dios es Padre de todos los padres, como nos lo dice en la Biblia: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3,6). 

Es hora de animarnos a  tener una relación sincera con Dios, de buscarlo hasta amarlo, porque es la primera persona de la Santísima Trinidad. En el Credo Niceno Constantinopolitano, lo llamamos creador de todo lo visible e invisible (Gn 1, 1-31). 

Mi guía espiritual solía decirme que si creo que conozco a Dios, era conveniente desechar esa idea, porque Dios es mucho más que eso, es tan inconmensurable que no encontramos palabras que lo describan. Dios es amor, es Padre y Madre a la vez, es amigo, hermano, es todo (Eclo 3,1). Sigo sorprendiéndome al encontrar a Dios en los amaneceres, en las ocurrencias de mis sobrinos, en la grandeza de las montañas, en mi prójimo, en mi vida diaria y sencilla de todos los días, en la paz que voy reconociendo en mi interior (Gal 2,20). 

Él nos hizo a su imagen y semejanza y nos ama a pesar de que en nuestra libertad a veces elegimos caminos que nos alejan de su Verdad. Más allá de nuestro pecado, de creernos autosuficientes y de querer quitarlo del medio (Ef 1, 3-14), el Señor nunca nos abandona. Fuimos creados para ser felices y para amar. Aunque a veces los embates de la vida parezcan tumbarnos, la dicha y plenitud de sentirnos Hijos de Dios es un estado interior que no está supeditado a los estados de ánimo que podamos tener de forma pasajera (Prov 2, 1-10).

Él nos ama como nadie y nos habla con su dulzura de Padre a través de las Sagradas Escrituras, como nos recuerda San Pablo, «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad» (2 Cor 12,9). A su vez, en otro pasaje Dios nos dice: «Pero, ¿puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo nunca me olvidaría de ti» (Is. 49,15). Orando con su Palabra, vamos conociendo y enamorándonos del Padre que siempre estuvo y está tan cerca de nosotros (1 Jn 4, 8). 

Dios Padre nos conduce a la salvación. Aun cuando leemos en el Antiguo Testamento ciertas frases que parecen duras, siempre vienen acompañadas de promesas y testimonios de redención (Ex 4, 7-10). El Señor nos acompañó a lo largo de la historia para ganarnos de regreso. Nos entregó los mandamientos que, lejos de limitarnos, nos protegen del mal y son un regalo de Dios (Ex 20, 1-17). Nos envió a los profetas y reyes para recordarnos el camino, anunciar su gracia y derramar su misericordia en quienes más la necesitaban, siempre estuvo con nosotros (Sal 18,2-20). 

Nos enseñó a rezarle con un “Padre Nuestro, que estás en el cielo”: papá nuestro o Abba, como le decía Jesús, ese papá que espera con los brazos abiertos al hijo pródigo arrepentido (Lc 15,11-32). Ese Padre que nos regala bendiciones diarias, que viene a nosotros y nos llena de su Espíritu Santo.

Nuestro Padre nos amó tanto que envió a su Hijo Único para redimirnos y devolvernos la dignidad de Hijos de Dios. Por Jesús llegamos al Padre (Jn 14, 1-31). Si te cuesta llegar primero a Jesús, tomá la mano de María, que te va a llevar a Él. Nuestra tierna Madre, que sin entender dio su Fiat, dijo “Sí” a que se hiciera la voluntad de Dios, supo entonar la mayor alabanza a la grandeza del Señor en el Magnificat, una melodía para nuestra alma (Lc 1, 39-56). Que ella sea nuestro modelo al contestar las propuestas del Padre.

Entreguemos nuestro corazón. Recuerda que Dios mismo nos habita y que está en cada persona con la que compartimos la vida. Cuando, por ejemplo, ofendemos a un hermano, estamos ofendiendo a Dios. Seamos corazones de carne que amen a los hermanos, que palpiten de amor (Lc 6,42-49). 

Nuestro Padre Celestial nos conoce, nos llama por nuestro nombre y si queremos escabullirnos, Él siempre va a encontrar la manera de llamar nuestra atención (1 Sm 3,10). Estamos invitados a marcar la diferencia, a ser humildes como nuestra Madre Santísima, a ser don para los demás, a bendecir a los hermanos, a amar sin condiciones. 

Vayamos confiados como niños pequeños hacia nuestro Padre Celestial, un padre que nos amó primero, que nos pensó desde siempre, que nos dio todo lo necesario para encontrar el camino que nos conduce a la felicidad de estar con Él. Para empezar, solo debemos correr a sus brazos porque Dios es amor, misericordia y bondad (Mt 6, 9-15). 

Entonces, recemos juntos esta oración de abandono del Beato Carlos de Foucauld: 

Padre mío, me abandono a Ti. 

Haz de mí lo que quieras. 

Lo que hagas de mí te lo agradezco, 

estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. 

Con tal que Tu voluntad se haga en mí 

y en todas tus criaturas, 

no deseo nada más, Dios mío. 

Pongo mi vida en Tus manos. 

Te la doy, Dios mío, 

con todo el amor de mi corazón, 

porque te amo, 

y porque para mí amarte es darme, 

entregarme en Tus manos sin medida, 

con infinita confianza, 

porque Tu eres mi Padre. 

Amén

Por eso, con Dios Padre hasta el cielo no paramos. 

Autor: Una Voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.

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