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El Pozo de Sicar

por Pbro. Eduardo Acosta
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Ese es el título de un libro de Georges Chevrot. Con una gran maestría y con la sabiduría de un escritor que se ve que trataba al Señor, desarrolla con profundidad el conocido encuentro de la Samaritana y Jesucristo en el pueblo de Sicar. Es la segunda historia.

Sicar era un pueblo de los Samaritanos. No había trato entre judíos y samaritanos. Se odiaban. El peor insulto que se le podía decir a un israelita de esa época era que se parecía a un samaritano. Además, son otras épocas y una cultura incomprensible para los que vivimos en este mundo occidental. No se permitía conversar en público a una mujer con un hombre. Pero Jesús viene a salvar a todos. Y aprovecha el cansancio. Llevan unas seis horas caminando desde Betania de vuelta a Galilea. San josemaría decía que le enamoraba ver a Jesús cansado, como nosotros, después de una larga travesía. ¡Que maravilla saber que el Señor entiende nuestro cansancio!

No voy a recoger la conversación. Lean al capítulo 4 del Evangelio de San Juan. Pero si, preguntarnos qué fue de aquella mujer. Hasta su encuentro con Jesús esa una pecadora. Vivía fuera de la gracia de Dios, era muy infeliz. Para eso vamos a leer lo que dice Chevrot.

¿Qué pasó con esta mujer samaritana? No hay noticias directas sobre ella en los libros sagrados, pero el martirologio romano nos da la garantía de su perseverancia. No sólo confesó su fe en Jesús, sino que lo hizo al precio de su vida. En las persecuciones de Nerón y de Domiciano, la Iglesia no levantó actas oficiales para la gloria de sus mártires. A falta de documentos de primera mano, hemos de conformarnos con tradiciones locales fijadas bastante después de los acontecimientos, y que no representan un carácter histórico riguroso…El martirio de la Samaritana es gloria de la Iglesia de Cartago. Junto a su nombre nos han llegado los de otros mártires, rodeados cada uno de las circunstancias de su martirio. Pero sólo vamos a retener los datos que se refieren a ella: que bautizó a sus hijos y que, a los treinta años de su conversación con Jesús en el pozo de Jacob, las palabras del Señor seguían tan hondamente grabadas en su corazón que respondió por última vez a ellas con el precio de su sangre.

Su encuentro con Jesús no fue un episodio suelto, sin consecuencias en su vida. La antigua pecadora no volvió a cometer los pasados errores. Ni las preocupaciones y fatigas propias de la existencia, ni la monotonía de la vida cotidiana pudieron apagar aquel ardiente entusiasmo que logró encender el corazón de sus compatriotas.  Y ya nunca más se extinguió la llama. Después de encontrar al Salvador del mundo, no se volvió a ilusionar por nada que pudiera ofrecerla la tierra.

Cuando las persecuciones y las guerras le obligaron a abandonar su patria, la samaritana, como el día de su conversión, se puso probablemente a la cabeza del pequeño grupo de discípulos que creían ir al destierro, cuando en realidad marchaban a extender el Evangelio por todas partes. ¿Llegó la samaritana hasta Roma, como asegura una tradición griega? ¿Habrá que atribuirle, además, como afirma otra vieja tradición hispánica, la conversión de una hija de Nerón, Domnina, a la que habría bautizado ella misma, lo mismo que a toda su servidumbre? Todo esto no importa demasiado. Lo que de verdad importa es que dio a conocer a Jesús a muchas almas, y que, después de una vida dedicada a prepararle el camino, le ofreció el testimonio de su sangre, prueba suprema de su fidelidad._

Su nombre aparece en el Martirologio romano y su fiesta se celebraba el 20 de marzo, después de San José. “El día decimotercero antes de las calendas de abril se celebra la fiesta de Santa Focina, la samaritana; de los santos, José y Víctor, sus hijos, y también de los santos Sebastián, oficial del ejército; Anatolio, Focio, Fócides, y los dos hermanos, Parasceve y Ciríaco. Todos los cuales, después de confesar a Cristo, alcanzaron el martirio._

Jamás perdamos la esperanza. Dios nos quiere con locura y espero la misma correspondencia. Vale la pena rectificar, cuantas veces haga falta, para llegar a buen puerto. Vivamos siempre con estas convicciones. Dios quiere que vayamos a gozar con Él en el Cielo para verlo cara a cara. Para eso nos da las gracias que necesitamos. Nos da los medios sobrenaturales para poderlo seguir. Especialmente los sacramentos de la confesión y la eucaristía. Nos quiere a cada uno como si fuéramos su único hijo. Tengamos la valentía de volver siempre a Dios. Sólo se pierden los que no confían en Él. El mayor pecado es desconfiar de su misericordia de Dios. Ese es el pecado contra el Espíritu Santo: rechazar la misericordia de Dios.

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