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Coronavirus, muerte, inmortalidad y fe

por Pbro. Leandro Bonnin
Personas de todo el mundo en control para detectar casos de coronavirus

¡Cuántas cosas profundas salen a la luz ante algo tan terrible como la epidemia de una enfermedad contagiosa, mortal y –por el momento- difícil de detener!

Pensando en esto, hoy de mañana recordé un momento memorable de la televisión argentina.

Dolina y Fantino ponen en el centro de su atención –un verdadero milagro para la TV local- algunos de los temas más vitales y trascendentes. Hablan sin tapujos de la muerte, del miedo, del amor, de la inmortalidad.

Dolina expresa sin anestesia:

“El temor a la muerte me ha arruinado la vida… no he podido disfrutar enteramente ningún placer sin que una voz me susurrara al oído “te vas a morir” y, peor todavía “se van a morir todos los que amás”. Eso arruina cualquier festín.”

Tenemos en estado puro la experiencia de una persona inteligente y formada que no puede creer. Que no tiene el don, la “suerte” de creer. Porque –según él- “La fe no es una decisión, sucede o no sucede, y me temo que después de pasar por algunos paisajes no se puede regresar…
Yo quisiera creer, yo no soy antirreligioso. Oh, Dios mío, cómo me gustaría que existieras. Pero no.
El hombre que ha leído también quiere la ingenuidad de su niñez… si yo pudiera creer en el ángel de la guardia que me protegía de todo mal, sí… pero no se puede.”

No voy a coincidir con Alejandro en que haya algún tipo de lecturas “de las cuales no se puede volver”. O que la erudición es enemiga de la actitud creyente: son miles los que en medio y más allá de su sabiduría humana han alcanzado –por la humildad- la gracia de creer.

Y aunque admiro su brutal sinceridad, disiento también con el análisis inicial. Lo que puede arruinar el “festín de la vida” no es la certeza de la muerte, sino la incerteza de que –más allá de ella- hay algo y hay vida.

¿Es posible adormecer esa voz terrible que arruina la vida? Dolina aventura una frase de enorme profundidad –con la que coincido absolutamente- al afirmar: “Lo ´´unico que a veces acalla la voz es el amor, lo único, lo más parecido que yo encontré… es el amor” Pero, está claro, el amor humano es efímero. Dura «un minuto» dice, sin duda exagerando.

A la luz de esto, pensaba y rezaba:

¡Cómo me gustaría decirle a todos, con fuerza, con convicción, con absoluta certeza: hay un amor perfecto, un amor eterno, un amor misericordioso que es capaz de acallar totalmente y para siempre esa infame voz que nos quita la alegría plena de la vida!

Y decirles que más allá de las fronteras de la muerte no solo hay algo, sino ALGUIEN: un Padre bueno, un Amigo fiel que murió por nosotros y nos espera, el Espíritu Santo que nos colmará definitivamente de luz y amor…

Más allá del umbral de la muerte hay una comunidad perfecta formada por personas de todos los siglos, todos los justos de la historia humana… hay una alegría infinita, una fiesta irremediable e inexplicable…

Así como la certeza de morir para quien no tiene fe “arruina la vida” del no creyente en la inmortalidad y en el Dios vivo, así también la certeza de la eternidad que Él nos promete es capaz de “redimir” todas las oscuridades e iluminar cada penumbra de nuestra biografía. Esa certeza es capaz de dar sentido a todo lo oscuro y resignificar cada situación…

Para eso, en el fondo, existe la Iglesia.

No solo para dar algunos “tips” de como vivir y convivir en este tiempo que nos es dado.

Existe para testimoniar que existe una vida perfecta, un Dios que nos ama más allá del tiempo, una esperanza que no defrauda.

Para eso me hice cura… en tiempo de coronavirus y en todo tiempo quisiera decirte: cuidá tu vida, tratá de no enfermarte ni enfermar a los demás, pero, sobre todo, cuidá tu alma. No vivas con miedo a la muerte corporal, que será inevitable.

Temé sobre todo la muerte eterna.

Temé más bien transitar tus años en este mundo sin llenarlos de sentido y perder, así, la maravillosa oferta que Cristo resucitado te hace.

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