Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitar en la casa del Señor por ti vida sin término.
Evangelio según San Mateo 22,1-14
Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas’.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;
y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.
Palabra del Señor
Transcripción de La Voz del Pastor del 11 de octubre de 2020
El señor Jesús nos está hablando a todos. El capítulo 22 de San Mateo que vamos a leer en estos tres domingos siguientes nos va a permitir escuchar al maestro. Como todos los domingos abra usted el corazón; yo quiero también abrir mi corazón para recibir ese mensaje porque hoy nos habla el Señor con una parábola, la parábola del banquete de bodas donde todo está preparado. Y qué bonita representación, qué manera de presentar el reino de Dios como un banquete, una comida que nos hace pensar también en la eucaristía. La eucaristía es la celebración anticipada de lo que será el reino de Dios, pero el reino de Dios se vive entre nosotros, en cada uno de nuestros hogares, en nuestros ambientes.
Cada vez que usted se sienta a comer y lo hace con gratitud con el Dios que nos da el pan de cada día, que alimenta a su familia, que alimenta su vida, usted está sintiendo que allí hay una partecita, un granito, una semillita del reino de Dios en su casa porque usted papá, mamá, hijos los invitados, los abuelos, los vecinos, los amigos que son invitados al banquete.
Qué bueno es cuando nosotros podemos compartir la mesa. Dios comparte la mesa con nosotros en la eucaristía, no solamente Él nos congrega, sino que Él se nos ofrece como alimento. Pues bien, vayamos al capítulo 22 de San Mateo allí el Señor está diciendo que el reino de los cielos se parece a un banquete, que un padre de familia había preparado con la ocasión de las bodas de su hijo y cuando manda a llamar a los invitados, y esa llamada tiene sentido porque es la llamada de todos los seres humanos hombres y mujeres, todos los llamados al banquete del señor, pero no obliga.
Dios no nos obliga, Dios respeta nuestra libertad, su libertad y la mía, y por eso aquellos sacan excusas y dicen “no podemos ir” y no van pero además rechazan a quienes son enviados para motivarlos, para invitarlos, los rechazan, los apalean, no quieren ir al banquete pero todo está preparado y el banquete está preparado todos los días y la bondad de Dios es universal y siguen llamando, por eso cuando alguien dice no voy al banquete tengo otras cosas que hacer le doy el primer lugar a otras cosas está diciendo no me interesa hacer parte del reino de Dios, no quiero ir a ese banquete, no quiero entrar en esa fiesta, pero el que no entra a la fiesta está dejando el espacio para que otros entren y los que no eran los primeros invitados pasan a ser los primeros invitados porque el señor de la boda le dice a los sirvientes “vayan a los cruces, a las calles, a todos los sitios, vayan a todos los barrios, vayan a todos los países, vayan a todos los continentes, no excluyan a nadie, llamen a todos los que encuentren y que vengan a mi banquete y la sala, si usted o yo decimos que no vamos al banquete otro irá porque Dios sigue llamando y sigue abriendo su corazón bondadoso y misericordioso para que otros sean invitados y esto nos da una lección muy grande: primero todos estamos invitados, pero todos somos respetados en nuestra decisión de ir o no ir. Segundo hay unos enviados de parte del dueño de la casa, de quien preparó el banquete.
De pronto usted es uno de esos enviados arriésguese, vayan, invite a los que encuentren a alguien de su familia puede estar necesitando que usted, ese instrumento para llamarlo, para invitarlo a participar en la alegría del banquete. Vaya usted a llamar a otros, eso es ser misionero. El bautizado hace parte del reino de Dios cuando se siente instrumento para llamar a otros, no vaya a pensar que la llamada es exclusiva para algunos, para lo bueno solamente. Dice el señor Jesús: yo he venido a buscar pecadores o sea la llamada bondadosa y es abierta, y es sin mérito. Puede ser que nosotros digamos yo no tengo ningún mérito para ser invitado a ese banquete hermoso, a ese banquete del reino, es iniciativa de Dios, es bondad de Dios, es ternura de Dios, es misericordia de Dios.
Esta semana, hoy el Señor lo va a llamar a usted. Si su vida le abre espacio a esa llamada del señor usted va a ser distinto, se va a sentir invitado no empujado, no obligado ni siquiera rechazado. Todos estamos llamados, todos invitados a participar en el banquete.
Abra usted también la puerta de su corazón a otros. Prestarle la voz a Dios y su corazón, y sus pies, y su tiempo para llamar a muchos y que muchos se sientan invitados en el banquete y que nadie se quede por fuera ninguno de su familia, y ninguno de la humanidad esa es la misión de la iglesia, ser instrumento para llamar a muchos al banco y el banquete es Cristo Jesús, el pan de vida que quiere estar con nosotros y que quiere alimentar nuestro caminar, nuestra amistad.
Por eso en el salmo decíamos tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitar en la casa del señor, en el banquete del señor. Por días sin término que el señor nos bendiga y acompañe en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
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