En este contexto de dificultad y conflicto global, hoy más que nunca es de vital importancia reflexionar sobre el amor, porque el amor salvará al mundo. (CIC 2392). Pero, ¿qué es amar? ¿Conocemos verdaderamente el amor? Amar es darme, donarme. Es salir de mí mismo. Amar es ese buen trato con mi hermano, paciencia aunque me cueste, regalar esa sonrisa al que tengo al lado.
Está en nosotros ser diferentes, dar fruto en abundancia (Jn 15,8). Por duro que parezca, uno es quien elige amar o no. Podemos decir entonces que amar es acción, porque las palabras se las lleva el viento. Todo debe ser hecho con amor (1 Cor 16,14) y, al final de nuestra vida, quedará lo que hicimos de corazón por las personas a nuestro alrededor.
¿Por qué cuesta amar? Es algo que me pregunto en mi interior. Mi amor es limitado y a veces pienso que es tan poco lo que amo -como dice San Pablo, no hago el bien que quiero (Rm 7,15). (Ambien) En esos momentos es bueno recordar que Jesús nos dio el ejemplo para que siguiéramos sus pasos (Jn 13,15). En la medida en que amemos, nuestra alegría será plena, será un gozo perfecto (Jn 15,11). La felicidad verdadera viene de la mano de Jesús.
Pero, ¿qué es la felicidad? ¿Eres feliz? ¿Cómo se es feliz? Las Sagradas Escrituras nos responden este dilema: en la medida en que amo soy feliz. Ahora bien, muchos podrían decir: “Resulta que todo se resuelve en el amor, pero yo hago todo con amor y no soy feliz”. No temas, si estamos abiertos y nos abandonamos al Espíritu Santo, nuestra vida se transforma. No se van los problemas sino que el Señor nos acompaña para transitarlos en paz. Pues si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8,31-39).
Amar a Dios sobre todas las cosas
Aunque Dios es amor y nadie nos podrá apartar de su amor (I Jn 4, 7-16), a veces vamos por la vida desconectados, separados, alejados (Rm 8,35-39). No cultivamos nuestra relación con Dios y solo lo logramos con la oración. Buscamos llenar ese vacío por distintos caminos y nada nos llena, no nos damos cuenta de que solo hace falta acercarnos al Padre. Cuando conoces y confías en alguien lo llamas, lo buscas, pasas tiempo con el otro, le dices que lo quieres. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo con Dios?
Más allá de los pecados, Él te sigue amando (I Jn 1,7). Para el Señor que te creó único e irrepetible sos muy importante. Eres valioso como una perla preciosa, la niña de sus ojos, su sueño más hermoso (Sal 17,8-9). Así como una madre o un padre enseña de a poco a caminar a su hijo, el Padre celestial nos cuida para que no nos caigamos; y si caemos, nos carga en sus brazos (I Jn 3, 1-2).
El cambio depende de nosotros, el darnos cuenta de cuán amados somos. Sonreír, amar, confiar. Así, nuestra vida será un cielo en la tierra (I Jn 5, 1-5).
Amar al Prójimo
Amar al prójimo es manifestar mi amor a Dios y mi camino al cielo (I Jn 4,19-21). El Creador nos hizo a su imagen y semejanza y nos dió un mandamiento claro: que nos amemos unos con otros. En Mt 22,37-40 Jesús nos dice “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” y resulta que uno da el amor que conoce. ¿Cómo te tratas a ti mismo? Conocernos a nosotros mismos, valorar nuestras virtudes y aceptar nuestras debilidades, nos acerca más al Señor.
Somos templos del Espíritu Santo y debemos cuidar nuestro templo interior. Pero Jesús no sé queda ahí, nos propone que amemos a nuestros enemigos (Lc 6,27-38). Dios está en cada hermano que tratas. Por supuesto que amar a ese hermano que no te simpatiza resulta difícil y verlo a Jesús es todo un desafío, pero el Señor vive en él al igual que vive en ti. Ser fraternos y tener una actitud cristiana es nuestro deber como verdaderos hijos de Dios (Hch 4,32-34).
Nuestra gran maestra es la Virgen María, quien estando embarazada fue a ayudar a su prima Isabel (Lc 1,39-56), que ya estaba de seis meses (en esa época, los viajes implicaban mucho más tiempo y esfuerzo que ahora). Con su ejemplo, Ella nos enseña mejor que nadie cómo es el amor que debemos dar al otro.
Asimismo, antes de su Pasión, Jesús nos dejó un mandamiento nuevo: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 15,12). La manera de amar es la misma que la que tuvo Jesús, un amor sin medida, un amor que le costó la Cruz pero trajo la Resurrección para darnos vida en abundancia. Esta forma de amar es la que estamos invitados a imitar (Mt 5,48), significa dar lo mejor de ti, de unir tu pequeña voluntad a la voluntad de Dios, de darle tu corazón. Es en esos momentos elevar una oración y decirle: “Señor, amo pero aumenta mi poco amor”. Otra cosa útil es pensar qué haría Jesús en mi lugar.
Como dice San Agustín, al final de la vida nuestro peso es el amor (Mt 25,31-46). Si mis obligaciones y quehaceres no los hago con amor; o al hermano que tengo al lado no lo trato con amor (Lc 10,25-37) ¿de qué sirven las acciones cotidianas? Terminan siendo vacías, no logramos alcanzar la paz y terminamos cargando solos una pesada mochila de cansancio, frustración y tristeza.
Frente a un mundo en el que parece que la ley de talión (ojo por ojo, diente por diente) sigue vigente, Jesús nos pide que amemos y que seamos caritativos con el que tenemos al lado. En palabras de San Francisco, tenemos que aprender a ser instrumentos de paz, a llevar amor. Por su parte, San Pablo en 1 Cor 13, 4-8 nos enseña que:
“El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija de la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás”.
Como dice la canción “si yo no tengo amor, yo nada soy Señor”. Por eso, amando a Dios y al prójimo, hasta el cielo no paramos.
Autor: una voluntaria que hasta el cielo no quiere parar.
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.