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De un mal puede nacer un bien

por Pbro. Eduardo Acosta

Para dar vida a esta quinta meditación, voy a pedirle prestada una historia real al padre Gabrielle Amorth, exorcista de la Santa Sede fallecido hace unos años. La historia en cuestión se narra en su libro Más fuerte que el mal. Él lo hace con gran sabiduría. Yo trataré de resumirla y sacar de ella una conclusión.

En primer lugar, vamos a empezar por  situarnos. Estamos en un pueblo de Italia recién acabada la Segunda Guerra Mundial. Todo ha quedado en ruinas. No hay trabajo para todos, hay hambre, hay pobreza. Doménico es el hijo mayor de una mujer que ha quedado viuda. Su marido es uno de los cincuenta millones de muertos de aquella barbarie.

Doménico tiene veinte años y le acaban de ofrecer un trabajo en una gran ciudad cercana a su pueblo. No es mucho lo que le dan, pero puede servir para que coman, él, su madre y sus dos hermanos. Le han prometido que le pagarán, apenas llegue, el primer mes de sueldo.

Faltan unos pocos minutos para que salga el único tren que va a esa ciudad. Su madre, con mucho cariño, le arregla la camisa y él toma la única chaqueta de hombre que hay en su humilde casa. Era de su padre. Sale corriendo a  gran velocidad hasta la estación. Ya suena el silbato anunciando la salida. Llega a la rampa cuando el tren ya se está moviendo. Se da cuenta de que lo ha perdido, pero sigue corriendo porque sabe que su mamá está rezando. Siempre le ha enseñado que la oración todo  lo puede. Él tiene una fe débil, pero le cree a su mamá.

Llega tarde. El tren se ha ido. Con él, el trabajo para alimentar a su familia. Esta sudado, cansado y con una desesperación que le llena los ojos de lágrimas. En lugar de regresar de inmediato a su casa, se queda un rato sollozando en el andén en el que debía haberse subido al tren. De repente alguien le toca por detrás. Es el padre Jaime, el viejo párroco del pueblo. Él viaja en  dirección contraria, pero ha visto la tristeza en el chamo.

¡¿Por qué lloras, que ha pasado?! Doménico es de pocas palabras. Simplemente le dice que “había conseguido un trabajo pero he perdido el tren”. El párroco conoce las penurias de esa familia, que  son parecidas a las de la mayoría del pueblo. Lo consuela y le suelta estas palabras: “No te preocupes. Tu madre está allí orando siempre. Ella lo sabe con seguridad: de un mal puede nacer un bien”.

Doménico regresó a su hogar. Iba pensando en lo que le había dicho el sacerdote. Pero, como su padre y, a pesar de las oraciones de su madre, era un joven con poca fe. Por el camino se encontró con María, una muchacha de su edad. Le gustaba mucho. Nunca se había atrevido a decírselo. Al llegar, ya su mamá había terminado de rezar el cuarto Rosario de ese día. No se sorprendió demasiado de verlo llegar. Su hijo le soltó, sin ninguna consideración previa que había perdido el tren. 

El padre Jaime me dijo que de un mal puede nacer un bien. La mamá mira una imagen de la Virgen y piensa para sí: “gracias, Madre Santísima. Perdió el trabajo pero ha comenzado su camino de regreso a la fe”.

Doménico, entonces, añade que el padre Jaime adivinó mis pensamientos. Tenía tiempo sin hablar con María. Hablamos de todo y quedamos en vernos de nuevo. Los dos muchachos siguieron viéndose. Se casaron, tuvieron hijos y Doménico consiguió un excelente trabajo en una gran ciudad. No solo sacó adelante a su madre y a sus hermanos, sino que fundo un  hogar en el que nunca faltó nada.

Encuentro con María

La historia termina en la celebración de los cincuenta años de matrimonio. Tomado de la mano de su María, rodeado de los hijos, los nietos y muchos amigos, con lágrimas, esta vez de pura alegría, dijo: “Ante mis ojos, es la enésima confirmación: de que de un mal puede nacer un bien”.

La gracia de Dios puede más que cualquier cosa.  Con la oración de aquella mamá se removieron las montañas. Se cumplió lo que San Pablo decía a los primeros cristianos: “para los que aman a Dios, todo es para bien”. Quizás de esa enseñanza nació el dicho: no hay mal que por bien no venga. Y recordé lo que tantas veces escuche de labios de San Josemaría Escrivá: “El mal se ahoga con abundancia de bien”.

 El mundo entero y nuestra Venezuela tan querida, ambos, lo que necesitan es una conversión a Dios. Si hacemos el bien y  nos apoyamos en Dios podremos renacer a una nueva vida. Y seguramente veremos renacer esta patria.

Nos hace falta ver los sucesos de nuestra vida con sentido sobrenatural. Es decir, como las ve Dios, que tiene todo en presente y sabe lo que nos conviene para llegar al Cielo.

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1 comentario

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Paula octubre 22, 2019 - 7:37 am

Que reflexión! Graciass

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