Madre de la esperanza, nos detenemos un momento en el camino del desierto para descansar bajo tu mirada. La Pascua no está lejos, y tú, que conoces el final de la historia, nos susurras al corazón que la luz vencerá a las sombras.
Te damos gracias, María, causa de nuestra alegría, por enseñarnos con tu vida y tu ejemplo que el gozo cristiano no es ausencia de dolor, sino la presencia de Jesús en nuestra vida. Así como tú guardaste la paz al pie de la cruz, ayúdanos a vivir esta Cuaresma no con tristeza, sino con la serena alegría de quien se sabe amado y rescatado.
Te pedimos que nos ayudes a llevar esperanza a los que sufren, recordándoles que Dios es Padre que nunca nos abandona, y que nos espera el abrazo eterno de la Resurrección.
Amén
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